La madre


La madre estaba rastrillando casi arriba del todo, en donde
ya habíamos acabado de segar. Yo estaba a medio camino, subiendo en busca de una
nueva carga para empujarla luego hasta el fondo del prado. Por centésima vez desde
que habíamos comenzado, me detuve y, sosteniendo la horca con una mano, me
limpié con la otra el sudor de la cara en un pañuelo empapado y sucio. El sudor se me
mete en los ojos y hace que me escuezan tanto, que apenas puedo abrirlos. Sería
mejor que llevara un sombrero, como a mi edad lo hacen todos cuando van a segar,
pero todavía no me he acostumbrado.

John Berger

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