188

Cuando pienso en un número el primero que se me aparece en mente, es el ciento ochenta y ocho, en realidad no se si es mi número favorito o lo relaciono con la ruta que llega hasta San Rafael, Mendoza, tal vez porque la recuerdo sin demasiadas curvas, casi recta y te lleva muy rápido a tu destino. ¿Quizás mi predilección por ella, sea porque la primera vez que la surcamos, descubrí, que pasamos por el pueblo donde nació mi padre? Ameghino. O si en realidad estoy pensando en Tomás, mi hijo. Lo recuerdo, en aquel viaje, dormido entre un montón de almohadones, tirados en el fondo de la caja de una Fiorino vieja.

Era febrero, el motor estaba medio fundido, sabia que tenia que ir a noventa; esa era su velocidad máxima, pero nos fuimos igual.

Un viaje de mil doscientos kilómetros realizado en dos tramos y con viento en contra. Pasando por el sur de San Luis, nos agarró la noche, era la hora de probar las luces de nuestro vehículo, las encendí y la noche mágicamente se puso más oscura, ya ni las estrellas se veían, las líneas que señalizaban el asfalto negro, en una curva desaparecieron, solo nos guiaba la intuición y la suerte, en una noche densa.

Podría relatar todo ese viaje a San Rafael, porque tengo todas las imágenes estampadas en mi retina, no tenía máquina fotográfica hace quince años atrás. Pero aun conservo la teoría que uno atesora en un rincón del alma, esas fotografías que nunca pudo capturar.

Creo que uno todo el tiempo está mirando, sin darse cuenta, fotografias. Y como no estamos con una cámara en la mano, no las capturamos, pero están ahí; dando vueltas muy frente a nosotros.

Tomás mi hijo tambien se convirtio en un cazador, como lo fui hasta hace muy poco. Quizás él se dedique o no a esta profesión. Esa a la que nunca le brinde tiempo. Indudablemente es ahí hacia donde voy. Con ese número único, casi infinito, sostenido por una cruz invertida.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *